Una asamblea de trabajadores, indignados por la reciente muerte de uno de sus compañeros, da comienzo a una magnífica adaptación cinematográfica. Su director, Antonio Drove, nacido en 1942, abandonó los estudios de Ingeniería Industrial para dedicarse de lleno a su verdadera pasión, el cine. Admirador de John Ford y Nicholas Ray, formó parte de la Escuela de Argüelles, escribió en el periódico El Mundo y rodó un documental sobre Luis Buñuel, otro de los grandes del cine.

Aprendió de Luis García Berlanga el arte de la narración cinematográfica y estuvo siempre comprometido con las necesidades sociales de la época, luchando contra la censura imperante ya desde que publicara su trabajo de prácticas en la Escuela Oficial de Cine, La caza de brujas, en 1967, que le valdría el reconocimiento entre los miembros de su generación.

La verdad sobre el casoSavolta, adaptación de la obra del mismo nombre del escritor español Eduardo Mendoza, se desarrolla en una Barcelona de principios del siglo XX donde la ética de los negocios rivaliza con la obtención de jugosos beneficios. La inestabilidad existente en materia política y laboral permanece reflejada magistralmente, mientras la violenta muerte de un obrero desencadena una investigación periodística (a pequeña escala) que acabará revelando el lucro empresarial por la venta de armamento a países que se encontraban participando en la Primera Guerra Mundial.

Intrigas empresariales y alianzas matrimoniales envuelven el reflejo de una sociedad obrera que empezaba a despertar pero era aplacada brutalmente con asesinatos constantes a líderes sindicales.

La obra supone una crítica feroz a la sociedad de la época y las enormes diferencias existentes entre la clase burguesa y la clase obrera. Los personajes encarnan perfiles de todo tipo donde comprometidos y sumisos se dan la mano en una historia que pretende mostrar la dignidad del pueblo español, lejos de tópicos y censuras. 


Hoy en día estamos hartos de oír hablar de la crisis, de cómo y por qué estamos en una situación económica tan crítica como en la que nos encontramos, de quiénes son o no son los responsables de tamaña recesión económica, de si se pudo (que se pudo) o no evitarla y de tantas otras cosas que aparecen cada día en nuevos documentales, películas o libros.

Otro de los temas estrella es el cambio climático, sí, ese cambio al que muchos abuelitos hacen referencia cuando dicen… “si esto ni es invierno ni es ná, cuando yo era joven los inviernos lo eran de verdad”. Y cierto es que estamos viviendo un invierno demasiado suave, pero el frío llegará, y cuando lo haga echaremos de menos estos inviernos “de mentira”.

Pues bien, ¿y si os dijera que entre estos dos aparentemente distantes temas hay quien ha encontrado una clara conexión? Una argumentación que afirma que no es casual encontrarnos en una situación crítica tanto a nivel económico como a nivel medioambiental.

Este es el caso del libro de Thomas Friedman, “Caliente, plana y abarrotada”, publicado por la editorial Planeta. A lo largo de sus páginas el autor de “La tierra es plana” justifica por qué considera que vivimos en un mundo caliente, plano y abarrotado, haciendo referencia a la globalización, el cambio climático y el creciente aumento de la población mundial.

Las numerosas anécdotas y el lenguaje desenfadado hacen de este libro un buen ejemplar para comprender temas actuales y descubrir nuevas perspectivas.
El Museo de la Ciudad rinde homenaje a la mítica revista de humor gráfico La Codorniz con motivo de su 70 aniversario, y lo hace con una exposición que recoge más de 300 ejemplares de revistas y tiras cómicas, alguno de ellos inéditos.

Esta exposición nos acerca a uno de los referentes más importantes durante el franquismo en lo que al humor gráfico se refiere, pues ha sido, sin duda, el semanario de humor de más fama y repercusión del siglo XX. Una publicación que serpenteó la censura para ejercer de pulmón de humor durante los 37 años en los que fue editada.

Esta revista de humor gráfico y literario referente de la dictadura, fue publicada por primera vez  el 8 de junio de 1941, fundada por Miguel Mihura, aunque sería su sucesor, el escritor Álvaro de Laiglesia en 1944 quien le daría el toque personal que caracterizaría la publicación a lo largo de los años.

Mihura ejerció una severidad electiva en lo que se refiere a los colaboradores de la revista, rechazando nombres como Camilo José Cela, que fue dado de baja entre los colaboradores por divergencias en la forma de interpretar el humor, o el de Francisco Umbral.

La Codorniz, que había tenido tiradas de 35.000 ejemplares con Mihura, se estabilizó en los 80.000 semanales, mientras que las tiradas mensuales llegaron a superar los 250.000 ejemplares vendidos. En sus páginas se continuaba el humor vanguardista ya expresado tres años antes en La Ametralladora, otra publicación de la época, por su director y principales colaboradores.

Su humor innovador, surrealista, absurdo y desconcertante provocó irritación y entusiasmo por partes iguales, lo que convertiría a la revista en una de las más longevas publicaciones de humor, y serviría más tarde de inspiración a revistas como El Papus, Hermano Lobo, Por Favor o El Jueves.

Aunque en un principio fue editada con un formato de 26x35 cm, con 24 páginas impresas la mitad a dos colores, y al precio de venta de 50 céntimos, sería Laiglesia quien aumentaría tres años más tarde el tamaño de la revista, que pasó a ser de 28x38 cm.

La publicación cuenta entre sus números con ilustres colaboraciones, como la de Mingote, Chumy Chúmez, Máximo, Gila, Serafín, Oscar Pin (pseudónimo de Fernando Perdiguero Pérez), Perich, Ops (posteriormente conocido como El Roto), Forges, Julio Cebrián, Alfonso Sánchez Martínez, Rafael Azcona, Conchita Montes (quien creó el pasatiempo El Damero Maldito) o Julio Penedo (Jupe).

Sus problemas con la censura le supusieron en numerosas ocasiones multas o apercibimientos, pero los castigos más severos serían las suspensiones temporales en 1973 y seguidamente en 1975. Además de Mihura (1941-1944), y Laiglesia (1944-1977), la publicación también fue dirigida por Manuel Summers (1977-1978) y Cándido (1978).

La publicación contaba también con un himno, creado por Antonio Lara de Gavilán, aunque era poco conocido. Se trataba de un vals de ritmo caricaturesco, cuya letra pretendía también hacer reír a aquel que la escuchase.
Con el tiempo el humor inteligente dejó paso a una fórmula radicalmente distinta, a base de destape y descaro que nada tenía que ver con lo que antaño había sido la publicación. 

Los lectores le volvieron la espalda, de modo que la revista interrumpió su salida el 29 de enero de 1978. Volvería a los kioscos el 19 de marzo de ese mismo año, pero esta vez bajo el formato de un periódico, tratando de parecerse al célebre Canard enchainé  francés. Sin embargo, ante las escasas ventas, dejó de publicarse el 11 de diciembre de 1978. En total editaría 1898 números. 

Los críticos del momento consideraron a la desaparición de la revista como una consecuencia de su falta de adaptación al cambio de la sociedad de su tiempo, sin embargo, muchos otros consideraron que su declive se debió a la falta de severidad de los últimos directores, que abrieron las puertas a nuevas interpretaciones individualizadas.

Doce años después de su cierre, en 1990, surge La Golondriz, en la que un reducido grupo de antiguos colaboradores recuperan el espíritu de la revista. 

Inicialmente se distribuía en el Noroeste de Madrid financiada con publicidad municipal. Más tarde pasó a distribuirse como suplemento gratuito con carácter mensual en los diarios Diario 16 y Ya. El nacimiento de La Golondriz supondrá la vuelta de algunas de sus más célebres secciones de los 60, como Crítica de la Vida, Cárcel y Comisaría de Papel, Politicomics, Crítica Literaria y de televisión y Página de Terror.  Actualmente puede leerse en versión digital en el portal El Can, con carácter quincenal.
Se considera al Acta Diurna, con sus más de 2138 años de antigüedad, el primer periódico de la historia de la humanidad. Durante su realización, la población era en su mayoría analfabeta, por lo que solía ser leído en voz alta por aquellos que sí sabían a aquellos que no. Se caracterizaba pues por ser tanto un periódico escrito como oral, publicado en el Foro Romano de forma diaria y en él se recogían las noticias del imperio romano. Las publicaciones que recogía atendían, ya desde entonces, a los intereses políticos de sus editores. 


Se trataba de una forma de vertebrar un grupo socialmente. El periodismo, tal y como lo conocemos actualmente, no surgirá hasta el siglo XIX. No obstante, ya antes existen formas periodísticas que los historiadores han aceptado como los antecedentes del periodismo. Es, por tanto, una convención el primer periódico que señala la historia del periodismo, de carácter político.

Fue Julio Cesar, en el año 59 a.C., quien decidió que se publicara dicho texto con carácter periódico, proporcionando así información de lo ocurrido en el imperio romano. Podríamos decir que Julio Cesar fue el primer “editor” de la historia. 

Consistía en una lista que contenía breves descripciones sobre las acciones llevadas a cabo por el Gobierno en Roma, así como una relación sobre las obligaciones cotidianas y aconteceres diarios del imperio. A pesar de tratarse en un inicio de una hoja meramente informativa y política, más tarde se incluirían otras noticias de “interés general”, incluyendo informaciones como el anuncio de casamientos, nacimientos, fallecimientos importantes, notas legales, e incluso algún aviso publicitario (como la venta de un gran lote de esclavos). Dichas actas, para evitar alteraciones o falsificaciones, se realizaban en piedra o metal y se les incluía la talla del sello oficial del Gobierno.

Para su apropiada distribución se situaban en distintos lugares de acceso público del Foro Romano, que constituía el centro neurálgico de Roma y el lugar por el que pasaban decenas de miles de personas al día. Para evitar daños en las mismas el Acta Diurna era custodiada por legionarios. 

Desafortunadamente ningún acta ha sobrevivido hasta nuestros días, pero conservamos varias copias en papiro realizadas por escribas que se encargaban de llevar las noticias a las distintas provincias de la enorme Roma.
Ya está aquí. Un nuevo libro de Carlos Ruiz Zafón ha llegado a nuestras librerías este jueves, y pretende seguir haciéndonos soñar con esta historia. Será la tercera novela de la serie que dio comienzo con “La Sombra del Viento”, allá por el año 1964 y que, aunque no ganó el Premio Fernando Lara al que su autor lo presentaba, sí acaparó la atención de Terenci Moix, miembro del jurado, quien le recomendaría al autor efusivamente su publicación.

Actualmente, se han vendido más de 10 millones de ejemplares y sigue cautivando día tras día a nuevos lectores que descubren en Daniel Sempere un entrañable compañero con el que vivir inimaginables aventuras.

Pero, aunque la historia es realmente entretenida, probablemente lo que más me cautivó cuando hace años la primera parte de esta serie de tres libros cayó en mis manos fue sin duda la cuidada narrativa y el rico léxico que caracteriza a este escritor. Cada frase parece estar minuciosamente escogida para envolverte en un aire de misterio, fragilidad y miedo. La mente se traslada a una Barcelona en blanco y negro en los años en que da comienzo la Segunda Guerra Mundial y una necesidad de seguir leyendo te invade desde la primera página.

Lo mismo me pasó con su segunda parte, “El Juego del Ángel”, aunque si tuviese que escoger entre las dos seguiría quedándome con la primera, aquella que me permitió descubrir a este autor.

Ahora, una tercera parte nos espera, con nuevos misterios entre una nebulosa que delicadamente se irá retirando conforme avancemos en sus páginas.